A jí bien picante, que con probarlo me baste para sentir calor y enrojecer.
Besos, apasionados, acompañados de caricias, tiernos, apurados, eternos.
Chocolate, por las tardes, en esos momentos en q algo apetece sin razón.
Dientes siempre limpios, será por el daño que les hago al fumar como “carretonera” (dicen).
Empanadas (de mamá); Nadie las prepara como ella.
Friends, (la serie) no me cansaré nunca de reír con ellos sin duda alguna, lo mejor en humor y amor.
Ganas de ser mejor cada día tanto en lo profesional como en lo realmente importante.
Honestidad habría sido mi elección en otros días pero es con este silencio que comienzo otra vez a escribir su nombre.
Internet, sin duda un buen escape y la mejor forma de no perdernos de los otros… siempre estamos ahí
Juegos, de mesa, de palabras, de miradas, de cama, de seducción, de niños… todos los juegos.
Ketoprofeno o Ibuprofeno (es lo mismo para el fin), la solución a los males que trae de ser mujer, mejor que Tapal u otro.
Libro, antes de dormir, preparando la mente para salir de mí y, buscando en la fantasía la libertad para soñar.
Lluvia, en verano cuando viene bien un respiro, en invierno, cuando tienes con quien esconderte en camita y ver un buen film. (Ya no existe esta letra pero qué más da)
Mensajes. Recibirlos me da cuenta que alguien pensó en mí en un día común.
Nada mejor que después de un agitado día, terminar haciendo nada.
Ñoña, más de lo que quisiera.
Oscuridad, cuando me quiero esconder en las sombras de los pensamientos que me acechan o sencillamente dormir.
Playtex, sin ánimo de hacerle “reclame”, el mejor invento para esos días de estupidez femenina
Queen, lejos lo mejor… “I Sometimes wish i never been born at all”
Retrato lo que sea, fotografío mi entorno en todas sus formas guardando en ellas las sensaciones y mi cuerpo para no olvidar sus formas cambiantes como mis pensamientos.
Silencio, disfrutar de su sonido si no se dirá nada más hermoso.
Tutti Frutti con yogurth de guinda, mejor en verano que hay más variedad para mezclar, sin embargo, da color a mis meriendas de invierno.
Única en mi tipo (Gracias a Dios dicen muchos)
Viernes, Oh Dios… Mil Gracias por los viernes
Wea, palabrita que no se me despega, sobretodo en momentos de rabia: “puta la wuea!!”
Yiyo mi gran amigo (que por cierto sufre hoy por causa del amor).
Zzzzzzzzz…. Que rico es dormirr!!
3/9/09
30/8/09
MULTIPLICANDO
YA NO ME IMPORTA QUE NO ME QUIERAS, QUE NO ME PIENSES, QUE NO TE IMPORTE, .... YO TE QUIERO POR LOS DOS, PIENSO EN NOSOTROS POR LOS DOS, ME IMPORTAS POR LOS DOS,...
22/8/09
Josefa's Story

Chapter III: "¿Juego de Niñas?"
Carol y Josefa fueron las mejores amigas (sin estar exentas de peleas y enojos propios de la edad) durante toda la enseñanza básica. Josefa solía pasar semanas enteras en casa de su amiga: verano, fiestas patrias, festividades varias y sólo porque sí. Jugaban y jugaban ya que ocurrencias de nuevos juegos y amigos imaginarios no faltaban. Carol era fanática de Luis Miguel, a Josefa hasta ese entonces sólo le gustaba su música y en cierto cumpleaños de Carol le regalaron un casette de la Trevi. Ambas coincidieron en que la música era genial, aprendieron las letras tan rápido como les fue posible y podían pasar horas en casa bailando y gritando las canciones de su nueva ídola. Un día ya no hubo más que hacer, parece que a ambas se les agotaron espontáneamente las ideas, les aburrieron los juegos de siempre y no hubo opción, había que hacer algo nuevo. No se si todas las niñas pasaran por etapas como esta pero Josefa, ya había tenido varias etapas similares aunque para ella no fueran gran cosa, es más ni siquiera las recordaba.
“¿A qué podemos jugar ahora?” preguntó una de las amigas, “No sé” dijo inocentemente la otra, barajando una opción tras otra sin encontrar algo en lo que estuviesen de acuerdo. Al parecer ninguna de las opciones que nombrarían sería la escogida. Es como si en el mismo momento surgiera en ambas la misma curiosidad que, por cierto, ninguna se atrevería a decir. Así fue como encontraron un nuevo y más entretenido “juego”, el que no tuvo nombre ni autor, tampoco se podía compartir o jugar en frente de terceros o mucho menos formar parte de un tema de conversación, aunque estuviesen solas. Aquel juego que quedaría para siempre en sus mentes, escondido como un secreto bajo pacto de sangre. Yendo a los detalles no sé quien comenzó con éste, quien tocó primero a la otra, quien se subió sobre la otra primero, lo que sí recuerdo es que desde ese día no hubo otro juego más entretenido durante mucho tiempo que esta nueva ocurrencia de ambas.
Las gotas de sudor corrían por sus cuerpos, sus mejillas rojas, a veces de vergüenza otras solo del calor generado por sus cuerpecitos. Esta vez para Josefa se hizo más fuerte la pasión, tenía con quien compartir sus deseos sin necesidad de hablar. Nadie le diría que hacer o como hacerlo, solo se dejaban llevar, aunque siempre con temor a sobrepasarse y que la otra se molestara por ello. Con el pasar de los días cada vez se hacía más intenso, aunque sólo rozaban sus cuerpos uno contra el otro y se tocaban con fuerza por sobre la ropa.
Luego ya hubo historia: Josefa casi siempre fue el macho, quien llegaba a casa y se aprovechaba de su mujer, quien trataba de seducir a una desconocida u otra atrevida situación para llegar siempre a lo mismo, sin palabras, sin cuestionamientos de “grandes”. De a poco la ropa ya molestaba y Josefa se atrevía a experimentar con lo que estaba floreciendo bajo la blusa de Carol. Las caricias, suaves y temerosas al principio, se fueron haciendo fuertes y apasionadas con el tiempo hasta llegar a poner sus labios, vírgenes de carnalidad sobre los pechos inmaduros de Carol quien solo disfrutaba, casi siempre de forma pasiva, a veces pienso que ella se cuestionaba mucho más que Josefa lo que sucedía, sin embargo a ninguna le importaba. Lo que sentían era más fuerte. Los besos siempre fueron fingidos y Josefa siempre quiso tocar esos labios, aunque nunca lo demostró, no quería que por descontrolarse el juego no se volviera a repetir. Siempre sintió el temor de Carol y por ello fue cuidadosa, no quería que el juego se acabase nunca.
Carol también pedía a gritos más pasión. Al tocar su entrepierna Josefa podía sentir que gozaba, la humedad era evidente y sus cuerpos cada vez se apretaban y rozaban con más fuerza. Al terminar el juego, siempre de forma imprevista y muchas veces porque llegaba alguien a casa de Carol se decían para sí mismas: Esta fue la última vez”. Días después al encontrarse otra vez solas en casa, surgía el ritual con la pregunta que abría las puertas a un nuevo mundo para las niñas: “¿A qué podemos jugar ahora?” Josefa siempre respondió de la misma forma: “No sé”, y después de recorrer el mismo abanico de posibilidades de siempre se decían la una a la otra, por dentro: “Esta será la última vez”...
Carol y Josefa fueron las mejores amigas (sin estar exentas de peleas y enojos propios de la edad) durante toda la enseñanza básica. Josefa solía pasar semanas enteras en casa de su amiga: verano, fiestas patrias, festividades varias y sólo porque sí. Jugaban y jugaban ya que ocurrencias de nuevos juegos y amigos imaginarios no faltaban. Carol era fanática de Luis Miguel, a Josefa hasta ese entonces sólo le gustaba su música y en cierto cumpleaños de Carol le regalaron un casette de la Trevi. Ambas coincidieron en que la música era genial, aprendieron las letras tan rápido como les fue posible y podían pasar horas en casa bailando y gritando las canciones de su nueva ídola. Un día ya no hubo más que hacer, parece que a ambas se les agotaron espontáneamente las ideas, les aburrieron los juegos de siempre y no hubo opción, había que hacer algo nuevo. No se si todas las niñas pasaran por etapas como esta pero Josefa, ya había tenido varias etapas similares aunque para ella no fueran gran cosa, es más ni siquiera las recordaba.
“¿A qué podemos jugar ahora?” preguntó una de las amigas, “No sé” dijo inocentemente la otra, barajando una opción tras otra sin encontrar algo en lo que estuviesen de acuerdo. Al parecer ninguna de las opciones que nombrarían sería la escogida. Es como si en el mismo momento surgiera en ambas la misma curiosidad que, por cierto, ninguna se atrevería a decir. Así fue como encontraron un nuevo y más entretenido “juego”, el que no tuvo nombre ni autor, tampoco se podía compartir o jugar en frente de terceros o mucho menos formar parte de un tema de conversación, aunque estuviesen solas. Aquel juego que quedaría para siempre en sus mentes, escondido como un secreto bajo pacto de sangre. Yendo a los detalles no sé quien comenzó con éste, quien tocó primero a la otra, quien se subió sobre la otra primero, lo que sí recuerdo es que desde ese día no hubo otro juego más entretenido durante mucho tiempo que esta nueva ocurrencia de ambas.
Las gotas de sudor corrían por sus cuerpos, sus mejillas rojas, a veces de vergüenza otras solo del calor generado por sus cuerpecitos. Esta vez para Josefa se hizo más fuerte la pasión, tenía con quien compartir sus deseos sin necesidad de hablar. Nadie le diría que hacer o como hacerlo, solo se dejaban llevar, aunque siempre con temor a sobrepasarse y que la otra se molestara por ello. Con el pasar de los días cada vez se hacía más intenso, aunque sólo rozaban sus cuerpos uno contra el otro y se tocaban con fuerza por sobre la ropa.
Luego ya hubo historia: Josefa casi siempre fue el macho, quien llegaba a casa y se aprovechaba de su mujer, quien trataba de seducir a una desconocida u otra atrevida situación para llegar siempre a lo mismo, sin palabras, sin cuestionamientos de “grandes”. De a poco la ropa ya molestaba y Josefa se atrevía a experimentar con lo que estaba floreciendo bajo la blusa de Carol. Las caricias, suaves y temerosas al principio, se fueron haciendo fuertes y apasionadas con el tiempo hasta llegar a poner sus labios, vírgenes de carnalidad sobre los pechos inmaduros de Carol quien solo disfrutaba, casi siempre de forma pasiva, a veces pienso que ella se cuestionaba mucho más que Josefa lo que sucedía, sin embargo a ninguna le importaba. Lo que sentían era más fuerte. Los besos siempre fueron fingidos y Josefa siempre quiso tocar esos labios, aunque nunca lo demostró, no quería que por descontrolarse el juego no se volviera a repetir. Siempre sintió el temor de Carol y por ello fue cuidadosa, no quería que el juego se acabase nunca.
Carol también pedía a gritos más pasión. Al tocar su entrepierna Josefa podía sentir que gozaba, la humedad era evidente y sus cuerpos cada vez se apretaban y rozaban con más fuerza. Al terminar el juego, siempre de forma imprevista y muchas veces porque llegaba alguien a casa de Carol se decían para sí mismas: Esta fue la última vez”. Días después al encontrarse otra vez solas en casa, surgía el ritual con la pregunta que abría las puertas a un nuevo mundo para las niñas: “¿A qué podemos jugar ahora?” Josefa siempre respondió de la misma forma: “No sé”, y después de recorrer el mismo abanico de posibilidades de siempre se decían la una a la otra, por dentro: “Esta será la última vez”...
21/8/09
Josefa's Story

Chapter II: El Despertar de Paz
Paz tendría unos 5 o tal vez 7 años más que Josefa, no recuerdo bien. Era la menor de dos hermanas, las hijas de la patrona de la casa, la muy elegante Sra. Matilde. Josefa envidiaba sus regalías, aunque no de una forma obsesiva, pero soñaba, sí que soñaba; podía pasar horas en la habitación de las niñas de la casa sólo observando y husmeando entre sus cosas, soñando en silencio que esa era su vida. Solía ponerse los patines en los que ni siquiera podía pararse y que además le quedaban grandes, pero en esos momentos soñaba estando en la cancha con sus propios patines y sentir que volaba sobre esas pequeñas ruedas de plástico o los zapatos de nieve que alguna vez encontró en el closet, tenían una rara forma de cerrar que la pequeña nunca había visto y pesaban tanto como ella. Aun así logró encontrar la forma de cerrarlos y ponerlos sobre los esquíes, ni siquiera conocía la nieve en ese entonces y con solo tratar de pararse sobre esa montaña de accesorios casi se torció la pierna, pero ya había vivido la más extrema aventura, ganado torneos y conquistado al más apuesto esquiador de la montaña. La ropa de las niñas era también maravillosa, un mundo de prendas de última moda a las que Josefa solo podría aspirar dentro de unas dos o tres temporadas, cuando salieran de ese closet hacia la pieza de los cachureos. Los únicos testigos que acompañaban siempre a la niña eran Juan Marcos, un muñeco tamaño real que nunca supe si pertenecía a Paz o a su hermana mayor y por supuesto los originales Barbie, Kent y sus amigas, autos, casas, piscinas y blancos corceles.
Paz era peleadora con su hermana mayor pero a Josefa le tenía un cariño especial, tal vez porque era más pequeña o también puede ser porque Josefa siempre hacía lo que le dijeran, era muy callada y hasta parecía ser retraída, pero sólo lo parecía. Siempre en su interior se daba cuenta de las intenciones de los demás, escuchaba todo lo que se hablaba en su presencia y todo, al menos eso pensaba, lo entendía claramente.
Paz solía llamar a la niña a su habitación, la puerta se cerraba siempre con llave y entablaban los más divertidos juegos: se disfrazaban, compraban, vendían. Evidentemente Paz era quien decidía el juego así como también cuando era tiempo de jugar y cuando se acababa la diversión. A la pequeña no le importaba, ella era feliz cuando le prestaban atención, como toda niña de su edad. Un día, el juego cambió, aunque no las reglas. Paz siempre decidiría que hacer y como hacerlo...
“Pon tu mano aquí y hazme cariño” dijo Paz luego de recostarse sobre su cama y abrir el cierre de su pantalón. No sé que pasó por la cabeza de Josefa en ese momento, pero a muchas les hubiera dado miedo o aversión pensar tan solo en acceder a tal orden. A pesar que esos pensamientos sí que no pasaron por su cabeza, no se atrevió. Fue así como Paz tomó la pequeña muñeca de Josefa empujando el cuerpo de la pequeña sobre el suyo e introduciendo a la vez su mano dentro de su pantalón.
Josefa por fin, y sin esperárselo jamás, pudo pasar la barrera del desabrido jeans que nunca pudo sortear con Isabel, pero nunca pensó encontrarse con algo áspero también y, aunque molesto al principio, comprendió que por ser Paz mayor que ella, ya se parecía a lo que había visto sólo en su madre. Desde siempre había visto a su madre desnuda pero nunca se había planteado tenerlos también o menos tocarlos. La humedad en aquel lugar logró despertar la curiosidad de Josefa, por su parte Paz exigía mayor movimiento y fuerza. De pronto la pequeña Josefa comenzó a sentir ese calor y adrenalina que sólo recordaba haber sentido en sus exploraciones a Isabel mientras dormía. Si me lo preguntan, no sé que más sucedió aquella vez o si se volvió a repetir la aventura inesperada de Josefa. Tampoco sé si Paz respondió físicamente al placer que Josefa le hizo sentir, si la tocó también u otro detalle del momento. Lo que sí puedo asegurar es que desde ese momento algo cambió en la pequeña, no sé que fue, es más, este episodio fue borrado de los recuerdos de Josefa hasta que tuvo unos 21 años cuando un día sin motivo aparente vino a su mente la imagen y el sentir de ese momento perdido o tal vez inconscientemente escondido por ella misma en algún lugar de su cabeza.
Paz tendría unos 5 o tal vez 7 años más que Josefa, no recuerdo bien. Era la menor de dos hermanas, las hijas de la patrona de la casa, la muy elegante Sra. Matilde. Josefa envidiaba sus regalías, aunque no de una forma obsesiva, pero soñaba, sí que soñaba; podía pasar horas en la habitación de las niñas de la casa sólo observando y husmeando entre sus cosas, soñando en silencio que esa era su vida. Solía ponerse los patines en los que ni siquiera podía pararse y que además le quedaban grandes, pero en esos momentos soñaba estando en la cancha con sus propios patines y sentir que volaba sobre esas pequeñas ruedas de plástico o los zapatos de nieve que alguna vez encontró en el closet, tenían una rara forma de cerrar que la pequeña nunca había visto y pesaban tanto como ella. Aun así logró encontrar la forma de cerrarlos y ponerlos sobre los esquíes, ni siquiera conocía la nieve en ese entonces y con solo tratar de pararse sobre esa montaña de accesorios casi se torció la pierna, pero ya había vivido la más extrema aventura, ganado torneos y conquistado al más apuesto esquiador de la montaña. La ropa de las niñas era también maravillosa, un mundo de prendas de última moda a las que Josefa solo podría aspirar dentro de unas dos o tres temporadas, cuando salieran de ese closet hacia la pieza de los cachureos. Los únicos testigos que acompañaban siempre a la niña eran Juan Marcos, un muñeco tamaño real que nunca supe si pertenecía a Paz o a su hermana mayor y por supuesto los originales Barbie, Kent y sus amigas, autos, casas, piscinas y blancos corceles.
Paz era peleadora con su hermana mayor pero a Josefa le tenía un cariño especial, tal vez porque era más pequeña o también puede ser porque Josefa siempre hacía lo que le dijeran, era muy callada y hasta parecía ser retraída, pero sólo lo parecía. Siempre en su interior se daba cuenta de las intenciones de los demás, escuchaba todo lo que se hablaba en su presencia y todo, al menos eso pensaba, lo entendía claramente.
Paz solía llamar a la niña a su habitación, la puerta se cerraba siempre con llave y entablaban los más divertidos juegos: se disfrazaban, compraban, vendían. Evidentemente Paz era quien decidía el juego así como también cuando era tiempo de jugar y cuando se acababa la diversión. A la pequeña no le importaba, ella era feliz cuando le prestaban atención, como toda niña de su edad. Un día, el juego cambió, aunque no las reglas. Paz siempre decidiría que hacer y como hacerlo...
“Pon tu mano aquí y hazme cariño” dijo Paz luego de recostarse sobre su cama y abrir el cierre de su pantalón. No sé que pasó por la cabeza de Josefa en ese momento, pero a muchas les hubiera dado miedo o aversión pensar tan solo en acceder a tal orden. A pesar que esos pensamientos sí que no pasaron por su cabeza, no se atrevió. Fue así como Paz tomó la pequeña muñeca de Josefa empujando el cuerpo de la pequeña sobre el suyo e introduciendo a la vez su mano dentro de su pantalón.
Josefa por fin, y sin esperárselo jamás, pudo pasar la barrera del desabrido jeans que nunca pudo sortear con Isabel, pero nunca pensó encontrarse con algo áspero también y, aunque molesto al principio, comprendió que por ser Paz mayor que ella, ya se parecía a lo que había visto sólo en su madre. Desde siempre había visto a su madre desnuda pero nunca se había planteado tenerlos también o menos tocarlos. La humedad en aquel lugar logró despertar la curiosidad de Josefa, por su parte Paz exigía mayor movimiento y fuerza. De pronto la pequeña Josefa comenzó a sentir ese calor y adrenalina que sólo recordaba haber sentido en sus exploraciones a Isabel mientras dormía. Si me lo preguntan, no sé que más sucedió aquella vez o si se volvió a repetir la aventura inesperada de Josefa. Tampoco sé si Paz respondió físicamente al placer que Josefa le hizo sentir, si la tocó también u otro detalle del momento. Lo que sí puedo asegurar es que desde ese momento algo cambió en la pequeña, no sé que fue, es más, este episodio fue borrado de los recuerdos de Josefa hasta que tuvo unos 21 años cuando un día sin motivo aparente vino a su mente la imagen y el sentir de ese momento perdido o tal vez inconscientemente escondido por ella misma en algún lugar de su cabeza.
Josefa's story

Chapter I: La Nana Isabel
Cuando Josefa tenía apenas unos pocos años ya comenzaba a vislumbrarse en ella esa carnalidad que tal vez heredó de un padre desconocido o de aquella madre sin pasado. Isabel trabajaba en la casa de la Sra. Matilde, al igual que la madre de Josefa, pero era mucho más joven que ésta. Ella dormía siesta cada vez que podía junto a la pequeña quien esperaba hasta que se escucharan los ligeros ronquidos de su amiga "grande" para comenzar a explorar ese cuerpo que algún día en ella también germinaría. Con la yema de sus dedos exploraba el contorno de los senos de Isabel, su corazón latía tan fuerte que sentía que la despertaría sólo con el ruido y sería mal vista o aun peor, acusada de algo terrible al descubrirse sus no muy inocentes intenciones. Pero no importaba lo que pasaría si era descubierta, lo importante era saciar ese deseo de tocar sin ser sentida, de mirar sin ser vista, de conocer aquello que tanto llamaba su atención. De a poco se acercaba al pezón, siempre alzado por sobre el resto del seno, tal vez por el roce, pero ella no lo sabía; y ahora sí que su corazón estallaba de miedo y deseo, un sentimiento que no tenía explicación para Josefa pero que llamaba mucho su atención; a veces Isabel se movía, no sabría decirles si sabía lo que la pequeña niña hacía, pero para ella significaba que tendría que esperar otro rato fingiendo dormir hasta que Isabel volviera al sueño profundo. Al cabo de unos minutos la pequeña volvía a la acción. Esta vez ya había pasado por arriba y el tiempo en soledad con Isabel era poco, así que su interés ahora se centraba entre las piernas de Isabel. Suavemente y muy atemorizada deslizaba sus dedos desde los muslos hacia la entrepierna, cuando por fin llegaba a su destino la excitación era tal que ya estaba cansada debido a la gran tensión vivida por su travesía, así que ahí se quedaba a pesar de sus deseos. Y por fin se dormía, aun sin estar satisfecha, llena de adrenalina y con ganas de más.
Cuando Josefa tenía apenas unos pocos años ya comenzaba a vislumbrarse en ella esa carnalidad que tal vez heredó de un padre desconocido o de aquella madre sin pasado. Isabel trabajaba en la casa de la Sra. Matilde, al igual que la madre de Josefa, pero era mucho más joven que ésta. Ella dormía siesta cada vez que podía junto a la pequeña quien esperaba hasta que se escucharan los ligeros ronquidos de su amiga "grande" para comenzar a explorar ese cuerpo que algún día en ella también germinaría. Con la yema de sus dedos exploraba el contorno de los senos de Isabel, su corazón latía tan fuerte que sentía que la despertaría sólo con el ruido y sería mal vista o aun peor, acusada de algo terrible al descubrirse sus no muy inocentes intenciones. Pero no importaba lo que pasaría si era descubierta, lo importante era saciar ese deseo de tocar sin ser sentida, de mirar sin ser vista, de conocer aquello que tanto llamaba su atención. De a poco se acercaba al pezón, siempre alzado por sobre el resto del seno, tal vez por el roce, pero ella no lo sabía; y ahora sí que su corazón estallaba de miedo y deseo, un sentimiento que no tenía explicación para Josefa pero que llamaba mucho su atención; a veces Isabel se movía, no sabría decirles si sabía lo que la pequeña niña hacía, pero para ella significaba que tendría que esperar otro rato fingiendo dormir hasta que Isabel volviera al sueño profundo. Al cabo de unos minutos la pequeña volvía a la acción. Esta vez ya había pasado por arriba y el tiempo en soledad con Isabel era poco, así que su interés ahora se centraba entre las piernas de Isabel. Suavemente y muy atemorizada deslizaba sus dedos desde los muslos hacia la entrepierna, cuando por fin llegaba a su destino la excitación era tal que ya estaba cansada debido a la gran tensión vivida por su travesía, así que ahí se quedaba a pesar de sus deseos. Y por fin se dormía, aun sin estar satisfecha, llena de adrenalina y con ganas de más.
A veces pensaba que con esos medicamentos que le daban a la Abuela para dormir, podría explorar mejor ese cuerpo, sus pensamientos no eran racionales y, ciertamente, no correspondian a su edad; se arrepentía de no haber puesto una de esas pastillas en la bebida del almuerzo de Isabel, pero nunca se atrevía y terminaba siempre conformándose con ese recorrido por su cuerpo con la yema de sus pequeños dedos “inocentes”.
17/8/09
Desvelada...
Me Despertó la lluvia, con su sonido inigualable, como si el cielo hubiese escuchado mis gritos por despertar de ese sueño tan lleno de ilusiones vanas. Con la lucidez vino la curiosidad por verla de frente, animarme a salir de la cama sin encender luz alguna y tropezar con objetos que no deberían estar en aquel lugar para abrir las cortinas y, con los ojos llenos de lágrimas agradecerle a esta lluvia y al cielo por su compasión con mi alma herida... Ya no tengo sueño y la lluvia a cesado, sin embargo, y ahora despierta, de todas formas le busco.Será que no aprenderé... o sólo debo ser paciente y esperar a que llegue el momento en que como por arte de magia ya no piense más y mi corazón no sienta las espinas que clavaron sus ojos....???
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